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Por Silvia Pujalte, arquitecta y paisajista. ¿Y qué tendrá que ver la biofilia con la arquitectura y la construcción? Tal vez el diseño biofílico nos suene a ciencia ficción, pero no es otra cosa que intentar incorporar elementos de la naturaleza en los espacios que habitamos.
Aeropuerto Jewel Changi de Singapur de Safdie Architects | Foto: Suhaimi Abdullah / Getty Images

“Pocos sentimientos hay que procuren al hombre mayor consuelo en sus penas, más descanso en sus trabajos, más calma en medio de las luchas por la vida y más serenidad para el ánimo que el sentimiento de la Naturaleza. Cuando se posee éste con alguna viveza, la contemplación del campo es el más grande sedativo para las enfermedades del espíritu. Aspirando paisaje se goza de uno de los mayores placeres de la vida.” Con estas palabras Miguel de Unamuno reflexionaba en 1897 sobre el efecto que genera en el bienestar humano el acercamiento a la naturaleza. Casi un siglo más tarde y con el mismo enfoque, el biólogo Edward O. Wilson acuña el término “biofilia”, que literalmente significa amor a la vida.

¿Y qué tendrá que ver la biofilia con la arquitectura y la construcción? Tal vez el diseño biofílico nos suene a ciencia ficción, pero no es otra cosa que intentar incorporar elementos de la naturaleza en los espacios que habitamos. Las estrategias para llevarlo a cabo son múltiples: emular las formas de la naturaleza, provocar conexiones visuales con un jardín, incluir elementos vegetales, juegos de agua o incluso trabajar con la luz natural y sus combinaciones de luces y sombras. Si lo pensamos bien, todos estos temas son tan antiguos como la arquitectura misma y han estado presentes a lo largo de la historia. Sin embargo es ahora, en la época en la que todo es medible, cuando se está calculando el efecto real de incorporar estas estrategias en el bienestar y la salud de las personas, empezando por la disminución de los niveles de cortisol hasta la mejora de la calidad del aire que respiramos.

Kamal Meattle CEO de Paharpur Business Centre | Foto: AFP – Money Sharma

El primero en relacionar plantas, calidad del aire interior y bienestar en el espacio de trabajo fue el investigador y biólogo indio Kamal Meattle, que en 2004 demostró cómo podemos obtener un aire interior mediblemente sensiblemente más puro colocando tres plantas muy comunes (la lengua de tigre, el potos y la areca1) en puntos específicos de una casa u oficina. CEO de la empresa tecnológica Paharpur Business Centre (PBC), K. Meattle aplicó sus teorías en un edificio de la contaminada Nueva Delhi con 20 años de antigüedad y de 4600 m2, donde instaló 1200 plantas para 300 personas. Sus investigaciones reflejan que los trabajadores padecen un 34% menos de enfermedades respiratorias, 12% menos dolores de cabeza, 52% casos menos de irritación ocular y 9% menos de asma. De hecho, el PBC fue el primer edificio con clasificación de platino LEED de la India en la categoría de operaciones en edificios existentes y es uno de los pocos edificios que cumple con las normas IAQ de calidad del aire interior de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

“No puede haber arquitectura sin vegetación” esta afirmación forma parte del manifiesto del estudio de arquitectura Selgas Cano y aún dicen más: “es en la naturaleza donde se encuentra la mayor belleza. Lo que hacemos con la arquitectura es tratar de acercarnos a ella, tomar prestados valores, interpretarla. La arquitectura que emociona lo hace por la relación que establece con la naturaleza”2. Los proyectos de coworking para Second Home son representativos de este ideario. Tanto en el Mercado de Ribeira de Lisboa (2017), como en el coworking de Londres (2014) sus usuarios trabajan literalmente rodeados de vegetación en un ambiente casi de invernadero, que aseguran influye positivamente en la concentración y el proceso creativo.

Second Home, Coworking en el Mercado de Ribeira de Lisboa de Selgas Cano | Foto: Iwan Baan

El recién inaugurado aeropuerto de Jewel Changi de Singapur, con 1400 árboles y una cascada de 40 metros, puede que sea uno de los edificios donde la biofilia se ha llevado a mayor escala, un proyecto de Safdie Architects que gira alrededor de un jardín interior de cinco plantas con senderos para pasear, nubes simuladas, un laberinto y una torre de observación.

Sin tanta monumentalidad, pero en la misma línea, Moneo convirtió ya en 1984 la marquesina central de la estación de Atocha de Madrid en un jardín tropical. De esta manera la estación original dejó de recibir trenes para acoger zonas de descanso, cafeterías y oficinas organizadas alrededor del verde.

De hecho, si seguimos echando la mirada atrás, podemos detectar que, para muchos arquitectos, trabajar con la naturaleza ha sido desde siempre un tema necesario y recurrente, antes incluso de que se tuviera conciencia del término biofilia.

Si pensamos en el programa hotelero y el verde, no podemos dejar de mencionar el fantástico proyecto brutalista de Fernando Higueras para el Hotel Las Salinas de Lanzarote. Un edificio de los años 70 en el que la vegetación se concibe como un material de proyecto más, casi equiparable al omnipresente hormigón blanco. Un edificio pensado desde la relación de cada una de las habitaciones con el mar y donde los elementos vegetales y las jardineras forman parte de la estructura misma, proporcionando intimidad entre habitaciones, actuando como cortinas, como telón de fondo de los recorridos funcionales, o inundando los patios de vida y color.

Hotel Las Salinas de Lanzarote de Fernando Higueras | Foto cortesía de la Fundació Fernando Higueras

Otro planteamiento pionero en España, esta vez ligado al programa de vivienda colectiva, es el de la Cooperativa Espai Verd en Benimaclet, Valencia. Una ciudad compacta ajardinada idea del arquitecto Antonio Cortés Ferrando que en los años 80 hizo realidad esta utopía ecologista repleta de jardineras, miradores, fuentes, piscina, e incluso una montaña de pinos. Un total de 108 viviendas con ventilación cruzada y espacios verdes privados. Toda una oda a lo que hoy denominados biofilia.

Cooperativa de vivienda Espai Verd de Antonio Cortés Ferrando | Foto cortesía Xataca

Un buen ejemplo de vivienda respetuosa con su entorno y que entiende de manera perfecta el bienestar que produce en el que la habita la conexión con la naturaleza, es la casa en Lège Cap Ferret de Lacaton y Vassal, en el Pays de Buch, Francia. Una casa que se puede explicar en dos gestos: el primero, el de elevar la casa del suelo para apenas modificar el terreno y poder circular libremente bajo ella; y el segundo, el de conservar los árboles sin talar para incorporarlos dentro de la vivienda. Un ejercicio, libre de estridencias, que realizaron Anne Lacaton y Jean Phillippe Vassal en 1988.

Casa en Cap Ferret de Lacaton & Vassal. | Foto Hisao Suzuki

Parece claro que la arquitectura biofílica no se refiere solo a la que se proclama como tal, y que, además, lejos de ser una tendencia caduca, todo apunta a que sus teorías se incorporarán inevitablemente a los diseños futuros. En un contexto de emergencia climática y con unos clientes cada vez más comprometidos con el entorno, tal vez sea esta arquitectura más conectada con el medio natural es la que marque el camino a seguir.

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1. Ansevieria trifasciata (lengua de tigre), Epipremnum aureum (potos), Chrysalidocarpus o Dypsis lutescen (areca). Informació ampliada a: pbcnet.com/news/three-must-have-plants-to-keep-your-homes-air-fresh/10

2. Declaraciones extraídas de la entrevista realizada por Anatxu Zabalbeascoa a José Selgas y Lucía Cano: “La del siglo XXI es una arquitectura burocratizada”, publicada en El País Semanal el 20/10/2019: elpais.com/elpais/2019/10/14/eps/1571062008_603632.html