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Por Andrea Pala Las elecciones del Premio Pritzker de los últimos años evidencian la voluntad de reconducir la arquitectura a su dimensión humana, y enfocar la atención hacia su capacidad de crear entornos centrados en la sociedad.
Balkrishna Doshi, viviendas en el barrio de Aranya, Indore (India), 1983. Imagen cortesía de VSF

Hoy en día estamos acostumbrados a relacionar la arquitectura a edificios de formas atractivas que literalmente se encuentran “fuera de lugar”, no consiguiendo integrarse con el contexto local y cultural del entorno. Sin embargo, parece que en los últimos años las consciencias se están despertando. De hecho, el galardón más importante de la arquitectura, el Premio Pritzker, eligiendo este año el arquitecto Balkrishna Doshi, ha vuelto a apostar por una arquitectura al servicio de la sociedad y fuertemente radicada en la tradición. Las declaraciones del Jurado de 2018 fueron estas: “[…] Balkrishna Doshi siempre ha creado una arquitectura que es seria, nunca llamativa o seguidora de tendencias. Con un profundo sentido de responsabilidad y el deseo de contribuir a su país y su gente a través de una arquitectura auténtica y de alta calidad. […]Sus soluciones tienen en cuenta la dimensione social, ambiental y económica, y por lo tanto su arquitectura está totalmente comprometida con la sostenibilidad”[1].

Solamente hace dos años, en 2016, el mismo premio fue concedido a un arquitecto con una trayectoria arquitectónica muy parecida, Alejandro Aravena. El arquitecto chileno destacó por su profunda compresión de la arquitectura y de la sociedad, y es hoy en día un ejemplo para las generaciones más jóvenes de arquitectos que buscan oportunidades para contribuir al cambio de una profesión que parece haber perdido su objetivo primario: las personas.

Izquierda: Balkrishna Doshi, Premio Pritzker 2018. Imagen cortesía de VSF. Derecha: Alejandro Aravena, Premio Pritzker 2016. Foto: © Cristobal Palma.

Doshi y Aravena tienen mucho en común, de hecho se han enfrentado a un mismo reto: proporcionar a la clase más baja una vivienda digna y adecuada. Los dos han promovido, en sus respectivos países, el proyecto experimental de un conjunto de viviendas, intentando superar el proyecto moderno convencional del suburbio, para introducir una nueva metodología ligada a la tradición. Hablamos de las viviendas en el barrio de Aranya, cerca de Indore (India), 1983 y de las viviendas en la Quinta Monroy, Iquique (Chile), 2002-2004.

Conjunto de viviendas en Aranya

Se trata de un conjunto de 80 viviendas que el arquitecto indio Balkrishna Doshi proyectó en 1983 en el barrio residencial de Aranya, en la ciudad de Indore. Este conjunto se conforma como un cluster, una estructura ramificada compuesta por unidades residenciales, distribuidas según un orden jerárquico que refleja y apoya la estructura social. En este proyecto hay que destacar la atención por la variedad de pequeños espacios públicos que favorecen las relaciones sociales y la calidad de vida: las arcadas, los pequeños escalones o plataformas frente a las puertas, las escaleras exteriores, los balcones, las terrazas accesibles y los patios con sombra. El planteamiento general se inspira al modo de vida y de trabajo de la población autóctona.

Balkrishna Doshi, viviendas en el barrio de Aranya, 1983. Imagen cortesía de VSF / Pritzker Architecture Prize.

Viviendas en hilera en la Quinta Monroy

Las viviendas en hilera en la Quinta Monroy nacen como proyecto piloto que pretendía cambiar la manera de hacer vivienda social tomando como referencia la vivienda popular crecedera. Se trata de un conjunto de 93 residencias construidas para alojar 100 familias que, durante 30 años, ocuparon ilegalmente un terreno en el centro de la ciudad de Iquique, en el desierto chileno. El proyecto se desarrolla en el marco de la Política de Vivienda con un presupuesto muy bajo que solamente consentía la construcción de casas muy pequeñas. Por este motivo Aravena pensó una tipología de edificio que permitiera la ampliación por parte de los mismos habitantes: “Si el dinero no alcanza para más de 40 metros cuadrados, ¿por qué no consideramos que en vez de una casa chica, éstos pueden ser vistos como la mitad de una casa buena? Cuando el problema se reformula mirando a los 40 metros cuadrados como la mitad de una casa buena, en vez de una casa chica, la pregunta clave es: ¿qué mitad hacemos? Nos pareció que lo más eficiente era hacer aquella mitad de una casa que una familia nunca va a poder lograr por cuenta propia”[2] Los arquitectos se encargaron de construir viviendas de 36m² ampliables hasta un máximo de 70 m², que dotaron de los servicios básicos: baños, cocinas y escaleras. De esta manera establecieron unas reglas básicas para enmarcar el crecimiento y no controlarlo, con el fin de evitar el deterioro urbano y hacer más fácil el proceso de ampliación a cada familia.

Alejandro Aravena, Viviendas en la Quinta Monroy, Iquique (Chile).

Intervenir en situaciones periféricas como estas es muy difícil, se trata de crear algo nuevo que no sea marginal, sino urbano, y que esté bien conectado con la ciudad existente pero, sobre todo, que sea reconocido por sus habitantes. Como podemos ver en los dos proyectos, la tradición es de gran ayuda para acercar la arquitectura a la gente. No se trata solamente de elegir los materiales y técnicas constructivas del territorio, sino que de intentar tomar como modelo los lugares de la pureza popular, para que el nuevo barrio pueda reproducir la misma vitalidad, espontaneidad y humanidad. En estos proyectos se sintetizan muchas aportaciones de diversos antecedentes de la arquitectura popular: el chaupal o lugar de trabajo en el caso indio y la vivienda popular crecedera en el caso chileno.

El hecho que los habitantes, con el paso del tiempo, se han apropiado y han trasformado estos lugares es la señal que la arquitectura ha sabido llegar a la gente, interpretando la situación y el contexto del lugar. En este sentido, hay una obra que es emblemática de un cambio de mentalidad a la hora de enfrentarse al proyecto en situaciones marginales: las viviendas en la Quinta da Malagueira, Évora, 1973 – 1977; un conjunto residencial que se inspira en las arquitecturas populares y autoconstruidas y representa una alternativa digna a la ciudad convencional. No acaso su autor es otro Premio Pritzker (1992), Álvaro Siza, un arquitecto que siempre ha apoyado la idea que la innovación pasa inevitablemente por la tradición.

Viviendas en la Quinta da Malagueira en construcción, Évora, 1979. Foto: Roberto Collová.

[1] Citación del jurado del Premio Pritzker de arquitectura 2018.

[2] Aravena Alejandro, Iacobelli Andrés, “Elemental. Manual de vivienda incremental y diseño participativo”, Hatje Cantz Verlag, 2012.